La muñeca de trapo estaba llena de alfileres. Un paso hacia atrás y un puente enfrente. ¿El camino? No lo recordaba. En el limbo, con más preguntas que respuestas. Solo con la ropa que llevaba puesta y el cuaderno desteñido y mojado por la lluvia.
Apresurada. Buscaba entre las palabras, en las frases después de los puntos suspensivos, de las comas, de los títulos. No había nada. La contradicción del pensamiento estaba delante de mis ojos: decía una cosa, pero pensaba otra.
Mutilada de adentro hacia afuera, con la inspiración que conocía por nombre como vida ya más gastada y cada vez menos blanca, todo lo que trastocaba mi ser, mi alma, mi corazón estaba hecho a base de matices grises. Incluso esto. Sí, incluso lo que expulsaba desde las entrañas era otra cosa más que quedaba desapercibida y ajena a mi propia existencia.
Humana, nostálgica, triste, dramática y perdida. Era todas esas cosas en abril, mayo y junio. Cuando los rosales brotaban de la tierra y el cielo azul se desvestía en amaneceres de turuquesas y margaritas. La muñeca era la rosa que deshojaba para pasar el tiempo. En vez de arrancarle pétalos, la llenaba de alfileres.
Era un rito silencio que no le dolía a nadie más que a ella. Un paso hacia atrás y el puente rompiéndose desde las vigas que lo sostenían. Yo me caía con todo aquel desastre.
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